“¿Eran perdigones? No, eran balas”

Por Patricia Rodríguez Orozco

El ruido de muchas motos que le abren paso a una camioneta con la bandera de la Cruz Verde o azul, es ritual esta tarde de hoy.

Y como me niego a que la muerte sea indiferencia o cotidianidad decidí subir de nuevo a la Clínica El Ávila, como suelo hacerlo desde que una Tanqueta atropelló a un joven protestante. Esta vez el ingreso de heridos no era normal. Un hombre mayor que debe tener la edad de mi papá, pidió a los vigilantes de la clínica que retiraran todas las motos, todos los carros porque “abajo, en La Carlota, eso está muy feo y vendrán más”.

Y, así fue. Desde las 4:30 pm llegarían a la clínica 3 heridos más y una joven desmayada. Hora y media antes ya habían ingresado el joven que hoy murió: David José Vallenilla, y dos más.

Su nombre como la imagen de la joven del equipo de rescatistas de la UCAB, la que le habló antes de que lo asesinaran y lo auxilió mientras pedía ayuda a los paramédicos, ella deambulaba preguntando por los familiares: “No voy a declarar hasta que no hable con sus familiares”, respondía al funcionario del CICPC y al representante de la Fiscalía.

Salí del espacio habitual en el cual suelo colocarme para entrar en la clínica a cargar mi teléfono. Recargué las pilas y en vez de regresar a esperar con los reporteros un nuevo herido, fui a la antesala de emergencia. Dentro de la emergencia un hombre alto a quien nunca quise preguntar su nombre, se acercó a preguntar por David José.

-Soy el familiar de David José Vallenilla. ¿Dónde está?

-Está muerto. Hicimos todo para salvarlo.

Cayó en la silla. Le temblaban las piernas. Estaba con un amigo que le abrazó y lo acompañó a tomar agua, mientras descargaba, se contenía y volvía a llorar. Y como todos los que estábamos allí, seguimos el ritmo de su emoción. Si él dejaba de respirar, lo hacíamos todos, y si él comenzaba a llorar, también lo hacíamos todos.

30 minutos después llegó otra persona. Presumíamos que era o su padre, o su hermano, o su tío. La misma cara que había observado en la foto de la red, pero no estaba pálida, ni con los ojos cerrados, ni su rostro caía sobre el hombro de esos motorizados que suelen sacar a los escuderos, cuando están heridos. Era su otro tío. Tampoco sabía que su sobrino ya estaba muerto. La noticia los sorprendió a ambos.

De la misma manera que lo supe yo, los tíos de “Dani” -me imagino que lo llamaban de esa manera, pues así lo gritaban, así lo nombraban- se habían enterado por las redes sociales y es por eso que al llegar a la clínica, sólo preguntaban por su sobrino. No les dio tiempo de conocer el final de esa historia en curso, sino correr hasta el centro asistencial donde tenían al joven.

La muchacha de los primeros auxilios de la UCAB, seguía caminando hasta que llegó a donde estaban los familiares: “Con ustedes quiero hablar”. No debe tener más de 21 años. Me pareció estoica. Valiente. Fuerte. Digna. Sin miedo. Responsable.

-Yo estaba con él, mientras hacía mi trabajo. Lo conocía de allí. Me alejé cuando comenzó todo. Le dispararon. Cuando volteé, estaba en el suelo. Él No estaba haciendo nada, bueno tiró una que otra piedra, pero le dispararon.

-¿Eran perdigones? , preguntó el tío. Eso decían en las redes.

-¡No! Eran balas. Él recibió los primeros auxilios y respiraba despacio. Le apuntaron los de atrás. Eran balas. No lo pude salvar.

-Hizo lo que pudo, decía el tío decentemente, coherentemente. Me da su teléfono. Buscaba lápiz, papel, buscaba donde anotar. Se perdía entre sus bolsillos.

En medio de aquel silencio sepulcral en donde se escuchaba la voz de la joven, otra voz nos perturbó a todos. Alguien a mi lado pedía que apagaran la televisión: Maduro hablaba y la mamá de Neomar Lander, otro de los jóvenes asesinados, se acercó a bajar el volumen. No alcanzaba a apagarlo, es muy pequeña.

El tío sufrió una alta de tensión. Y mientras tanto el televisor seguía encendido y la voz de Maduro calló, enmudeció como desde hace mucho tiempo vive su voz dentro de nosotros. Porque Maduro es todo menos el Presidente de la República que nos merecemos los Venezolanos.

A las 7.30 de la noche, los padres del joven no habían llegado aún.