Cirujanos de vagón

“Antes que nada la educación, ¡buenas tardes, mi gente! ¿Quién me da las buenas tardes? ¡Gracias por esas buenas tardes! Bueno mi gente, miren lo que les traigo aquí, el chicle que te gusta, de menta o de frutas, para que llegues con buen aliento a donde vayas, a cien, no a ciento cincuenta como allá arriba, solo cien «bolivitas». ¿Quién se anota? ¿Quién está interesado? ¿Quién dijo yo?”. Si viajas en Metro conoces este guión. De la cantidad de estaciones que recorras, dependerá la cantidad de veces que lo escuches.

Entre Palo Verde y Plaza Venezuela, esta era la quinta. Todo a cien. Sencilla manera de entender el poder adquisitivo del «bolivita». Bolígrafos entre La California y Los Cortijos. Chicharrones picantes de Los Dos Caminos a Miranda. La primera con chicles en Altamira, otro más con bolígrafos entre Chacao y Chacaíto. Con los que ingresaron en esa estación venía un señor, tocando guitarra y cantándole a Dios, explicando que había sobrevivido a las drogas gracias a la fe, que cantaba para no robar, pidiendo con ritmo por la entrega espiritual de todos y la solidaridad monetaria del que pudiera. Casi se cruza con el segundo vendedor de chicles, pero algún código les permite ser uno por vagón.

A mi lado venían un niñito y su papá. Se montaron en Petare. Se interesó rápido en mi lectura y como me resultó complicado explicarle a un chamo de 7 años quién es Sofía Imber, usé la portada del libro para proponerle un juego sencillo: pintar rayitas en los rostros de otros para cambiarle algo de sus caras. Removimos narices y orejas; levantamos cejas y cambiamos labios, inflamos algunas mejillas e hicimos hoyitos en otras, le pusimos pollinas a calvos y nos fascinamos con los copetes mejor decolorados en hombres que en mujeres, mientras acordábamos nuestro rechazo a los túneles en cualquier oreja.

A pesar de que su papá y yo le dimos las buenas tardes a cada vendedor que lo solicitó, él no lo hizo. Le pregunté por qué. Suspiró hondo antes de decir que le daba rabia saber que cuando alguien te desea un buen día es para venderte algo. Se me cayeron las pecas. Su papá intervino y le dijo que eso no era así, que dar los buenos días o las buenas tardes es importante porque es como dar una bendición pero más pequeña, que eso ayuda a que nos vaya mejor. ¿Y no tengo que comprarles nada?, preguntó sorprendido. No, respondió su papá mientras le alborotaba el cabello y nos preguntaba qué le íbamos a cambiar a él.

Él se arrimó un poquito a mí, me hizo una seña y acerqué mi oreja a su boca. Su confesión terminó justo cuando el tren frenaba en la convulsa Plaza Venezuela. Le di un beso, apreté la mano de su papá e hice maromas para salir por el estrecho túnel que dejaron los que entraban, mientras otra vendedora gritaba al fondo: “Primero que nada la educación, ¡buenas tardes a todos los presentes!”. Repasé las palabras de mi pequeño amigo mientras subía las escaleras: “Aunque seas una abuela, con tu pelo blanco y todo eso, a ti no te voy a pintar rayitas, yo no te voy a cambiar nada; tú eres una abuelita bien bonita”.

Que Dios me los bendiga, pues 😉

Por Naky Soto Parra

Derechos de publicación cedidos por la autora a Infovzla.

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