Qué esperanza la del pobre, decía mi madre.

Hace un par de meses me reuní con uno de mis grandes amigos del colegio. Al conversar con él, después de tantos años sin vernos, recordé de inmediato por qué nos habíamos escogido como hermanos e hicimos de eso un chiste al presentarnos (él es moreno y fibroso, yo soy un pan de leche con barriga): su sentido común y su fortaleza mental lo convierten en un tipo sereno, en una buena persona. Se ríe sin estridencias. Tiene buena memoria. No apela a la nostalgia fácil ni a la ironía barata. Tampoco es frívolo. Es acertado.

Su madre murió primero que la mía. Ambas de cáncer. Hoy en día, él también vive fuera de Venezuela.

En algún momento de la conversación, hablando de ellas, de nuestra adolescencia, de Puerto Ordaz, de Venezuela, me dijo algo en lo que yo nunca había reparado:

¿Por qué Hugo Chávez, caudillo fuerte, totalitario —les guste o no a sus detractores: inteligente— y sumamente personalista, al descubrir que tenía cáncer, no intentó siquiera hacer una verdadera revolución interna en la salud nacional, en clínicas y hospitales?

¿Por qué no reunió a los mejores oncólogos, psicólogos, cirujanos y especialistas del dolor en el país y, en medio del delirio, pensó en hacer la Gran Misión Anticancerosa Venezuela? Ni siquiera un vana sugerencia. O un carajeo público para guardar las formas y decir que construiría el Hospital Oncológico más grande de América Latina.

¿Por qué el factótum de un proyecto político hegemónico, después de más de una década en el poder como presidente de su país, con un discurso patriótico y nacionalista, decidió confiar más en las manos e instituciones extranjeras, en este caso cubanas, para tratar su enfermedad?

¿Qué mensaje le otorgó esa decisión a los pacientes venezolanos que padecían o padecen cáncer y aún tienen que acudir a hospitales históricamente saqueados y desasistidos, cada vez más depauperados por la desastrosa administración pública?

¿Será esta, acaso, una metáfora clara y actual de la salud de Venezuela?

Qué esperanza la del pobre, decía mi madre.

 

Leo Felipe Campos
Derechos de publicación cedidos por el autor a InfoVzla.

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