Lloré, lloré como un muchacho que se contiene, lloré con ilusión, emocionado.

Estaba en cama, echado, madrugando un sábado para ver un partido de la Premier League, de Inglaterra. Me gusta ver perder a José Mourinho, porque las pasiones son caprichosas y porque me incomoda la soberbia de los malos ganadores. Mourinho perdió, pero antes del final del partido busqué este video para sentir lo que no pude en vivo: la clasificación de la selección venezolana de baloncesto a los Juegos Olímpicos Río 2016.

Lloré, lloré como un muchacho que se contiene, lloré con ilusión, emocionado. Me sentí orgulloso y conmovido. Lloré un poquito y olvidé al fútbol, a la Premier League, a José Mourinho. Olvidé lo que no cabía en esa energía sorprendente y recordé, mientras me limpiaba las dos o tres lágrimas que dejé salir, que el amor y la pasión por tu país tienen muy poco que ver con el egoísmo, la mezquindad, la vil necesidad de venganza, el deseo de restregarle al otro la cara contra el suelo.

A quienes saben poco o nada de baloncesto: ese señor que verán corriendo allí con las manos arriba, rodeando el tabloncillo y agitando sus puños, es el entrenador de nuestra selección nacional, la de Venezuela. Sus risas al cielo, sus abrazos de pura felicidad, sus aplausos a la grada, su desplome y sus brincos consecutivos de conejo alegre, como los del resto de su equipo de trabajo, como esa algarabía de sus jugadores, hombres que rozan los dos metros pero festejan como si fueran niños pequeños y se alzan y se golpean con cariño, se sienten más libres que nunca y lloran, lloran como muchachos que se contienen, esos saltos y ese colapso sentimental que parece detener el tiempo, esa satisfacción, la de ese hombre, la de su grupo, reflejan una causa que brilla como la esperanza y tiene poco que ver con la mezquindad de los malos ganadores.

Ese señor es argentino y en esos cuatro minutos y medio de video se vuelve tan venezolano como los gigantes a los que dirige, gigantes que hacen una rueda en la mitad de la cancha para festejar su triunfo y levantarnos el ánimo con una banderita que se sacude en el aire. Ese señor argentino, en esos cuatro minutos y medio de video, se vuelve más venezolano y más valioso y más patriota que la mayoría de los envilecidos personajes que desde hace años ocupan las pantallas y el poder político en mi país.

Esto no se trata del deporte, ni de un resultado, sino de todo lo que está detrás y activa las fibras sentimentales de nuestros deseos. Creo que fue por eso que lloré como un pendejo cursi y emocionado, un sábado. Tan temprano.

Leo Felipe Campos

Derechos de publicación cedidos por el autor a Infovzla.

https://youtu.be/i0hUz78XSi8

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