Caraquistán: Juramento

Entró agitado, sudando, y se frenó entre las cajeras y los clientes, con la pistola en una mano y un cigarro sostenido entre los labios. Era un chamo, de broma tendría 17 años. Su olor era terrible, penetrante, como si se hubiese bañado en aguardiente. Agarró el cigarrillo con la mano izquierda y gritó:
– ¡Negraaa! ¡Sal ya, no joda!

Con el uniforme roído y enorme, el vigilante del local comenzó a callar a los clientes. “Échense pa’trás”, era lo único que repetía rascándose la cabeza, como fastidiado por la circunstancia, pero no asustado. Mientras veía a la gente amuñuñarse tras las estanterías, él también encendió un cigarrillo. Unos sacaban sus teléfonos y se asomaban para ver al chamo. El morbo puede ganarle al miedo.
– ¡Negraaaa! ¡No te lo voy a repetí! ¡Sal ya!, volvió a gritar.

Y batía el arma como un niño lo haría con un juguete. La rebotaba sobre su pierna derecha, zapateaba, miraba bajo el filo de su gorra, encajada hasta las cejas, con el logo de Nike en amarillo. La negra no salía. Resoplaba, volvía a batir el arma. El vigilante regresó a la silla en la que pasa el día sellando facturas que no revisa y gritándole a los que entran que dejen los bolsos ahí, las carteras ahí, los paquetes ahí. Creaba nubes con sus exhalaciones y le preguntó al chamo cómo se llamaba su negra. No le respondió, solo dijo con más desesperación:
– ¡Negraaa! ¡Voy a hacelo! ¡Te lo juré, negra!

Y se fue como llegó. Pegó el arma contra la banda de una de las cajas y se volteó la gorra cuando ya estaba afuera. No me di cuenta, pero ninguna de las cajeras llegó a moverse de su silla. El vigilante botó la colilla y se paró para gritar:
– Bueno, ya se fue. El que se cagó que suelte todo y se vaya pa’l coño de una vez; el que no, que haga su colita y pague.

Solo tenía una lata en la mano y seguí la instrucción. La solté y salí. Escuchaba los “graciajadio no pasó nada” y los “qué pasó ahí” mientras me regañaba por haberme quedado congelada, en primera fila, como las cajeras. Cuando le echaba el cuento a Elecé, recuperé la imagen de la puerta del local, las cuatro calcomanías enormes que encerraban entre círculos rojos con su línea diagonal, todo lo violado en los minutos de la escena: prohibido fumar, prohibido discriminar por raza, prohibido vender alcohol a menores y prohibido portar armas.

¡Ay, negra!, ¿qué te habrá jurado?

Naky Soto Parra

Derechos de publicación cedidos por la autora a Infovzla.

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