Héroes de la buena nota por Macu Miguel

Antonio

Buscando héroes en un país marcado por el desasosiego, el primero que conseguí estaba muy cerca, es el portugués del abasto de la esquina de mi casa…. la misma casa de hace 45 años, pero no la misma esquina ya.

Antonio vino a Venezuela con 15 años. Desde entonces, trabaja. Emprendió el negocio con unos ahorros y consiguió el traspaso del local, por un paisano. “El portu” debe tener como 17 años administrando esta, su bodega. En el centro del centro, vía Chacaito, está el pequeño establecimiento, abajo del edificio Galmúa, y rodeado de panadería, farmacia, lunchería y una conocida franquicia de Pizza.

Expandió horizontes cuando el negocio creció: En algún momento compró la casa de enfrente que usa como almacén. Así formó a sus hijos y sobrinos, pues es un clan luso con hermanos y todo.

Desde que tengo uso de razón he comprado en esa bodega que siempre fue la despensa de todos los vecinos. Cuando tocaba bajar corriendo a la panadería, a comprar la canilla calientica, en respuesta al grito de guerra de una madre que rezaba algo así como: -”O bajas o te quedas sin cenar”…, con el vuelto, uno se escapaba y se metía en ese pequeño lugar, que tenía de todo: por los pasillos estrechos estaba el Pepito y el Cheese Tris, en la vieja nevera, la gama de helados EFE y TIO RICO y hasta en el techo colgaban frutos de un capital que para uno, chamo, era imposible alcanzar. Con esa platica sobrante del pan, comprábamos el Toronto a medio, la chicha de cuartico, los Susys y Cocosettes, o el consabido Batibati con su bola de chicle al final del conito.

Es un tipo con agallas. No es un ángel pero, si le pusieran alas, volaría, y no precisamente por santo. Se las sabe todas más una. No tiene un pelo de tonto. Le gana en suma y resta a cualquier inspector del antiguo Indepabis, que ahora ya no me acuerdo como mientan a su instituto homólogo.

Estas bodegas pulularon en la ciudad por doquier, por los años 80. De ahí seguro salieron algunas de las grandes cadenas de Supermercados como el extinto CADA o su competencia, el CENTRAL MADEIRENSE, nombre que mi abuela nunca pudo pronunciar correctamente. Todavía uno se consigue una que otra por ahí, sobre todo entre Las Delicias (Sabana Grande) y La Candelaria, por su puesto.

En este momento país, las cosas se le complicaron, pero no se amilanó. El asedio de militares, inspectores, policías, guardias, vecinos, clientes, matraqueros y bachaqueros, a veces lo pone de mal humor. Pero si uno sabe en qué momento caerle, puede ser que corras con la suerte de que te consigas con una sonrisa. Hay que prestarle mucha atención,  porque el español no se le da muy bien y el “portuñol” se me da muy mal.

Antonio forma parte de esa gran cantidad de inmigrantes que han construido con su trabajo, parte de nuestro país y, que a pesar de los miles de avatares con que se topa cada día, el pana sigue apostando y no precisamente a pérdida.
Es un “workaholic” lusitano de esos que son una especie en extinción. El hombre forma parte del registro de gente que, de una u otra forma, todavía sonríe, hace favores, da los buenos días y las gracias, abre puertas y construye arraigo.

Conseguírmelo en el estacionamiento de mi casa, es toda una aventura. Ahí todavía están las neveras, en el depósito subterráneo del mentado “Abasto Maturín”.

Siempre anda cargando la carretilla pa’ rriba y pa’ bajo, con los guacales de la mercancía diaria, el bolígrafo detrás de la oreja y un librito, en el bolsillo de la camisa, donde anota todos “los fiaos”… porque sentado en la oficina, detrás del escritorio, no está él, está uno de los herederos. Si no está caleteando, está en la caja y si no, recibiendo los camiones de lo que llega. Siempre tiene un cuento con malandros, un piropo incomprensible o un chiste desafinado, es alguien siempre dispuesto…

Y yo lo llevo de boca a boca, a la caza de su buena nota.

Macu Miguel

Derechos de publicación cedidos por la autora a Infovzla.

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