Los peces come lata de Mimi Bejarano

Nunca me olvidaré de la frase con la que mi papá me respondió a mi angustiada pregunta que le hice a los 12 años en Higuerote, mientras veía con preocupación ecológica las latas de cerveza Polar y “colita” que llenaban el fondo de los riachuelos que daban al mar. Mi papá me dijo entonces: Esos son los “peces comelata”. Una vez más, el humor y creatividad inconsciente y natural, describía nuestras debilidades como sociedad.

Crecí en los años 70 junto a las playas con basura, viendo las noticias sobre el desabastecimiento en los hospitales públicos y miraba cual película de horror a los pacientes en el piso por la pantalla, apenas recién estrenada en color. Participé con los vecinos de mi cuadra en una huelga con ollas y tobos, demandando agua al ineficiente del Sr. INOS. Dibujaba en mis cuadernos la montaña de ranchos con el sol llorando encima de ellos, así como no entendía por qué tanta gente hacía cola para subirse a un autobús. Ya de adolescente, me enfurecía al ver a los conductores transitando por el hombrillo y creando colas inmensas sin pensar en los demás, en tener que robarme los rollos de papel toilet de los baños de la Universidad Católica, porque no se conseguían en el mercado y me preguntaba por qué la gente decía que votaría de nuevo por Carlos Andrés Pérez, porque “roba y deja robar”. Así muchas situaciones y actitudes, que ciertamente, y muy obviamente, no iban a terminar muy bien en el futuro, pues mientras una clase tildaba de “monos” a la otra parte y no hacía nada por ayudar a que todos nos superáramos juntos como pueblo, no podíamos esperar mucho de un posible progreso. A esto se sumaba la corrupción exquisita del venezolano en todo nivel, desde “cuanto hay pa eso” para una simple infracción, hasta millones de dólares robados para quien estuviera “enchufado”.

Y así transcurrió mi niñez, adolescencia y adultez, en un mundo casi anárquico y con valores muy contradictorios. Hasta que se me ocurrió acompañar a mi madrastra a una marcha como en el año 2003, donde todos alzaban la bandera con orgullo, pero al acabarse la marcha, muchos se quitaban los tennis y luego en un restaurante de lujo, pidiendo un whisky, decían: “No nos gusta este gobierno, pero ahora es que hay rial, así que si hay que pegarse, nos pegamos.”

Esa actitud fue la que me dio la gran bofetada de la realidad y me hizo saber que no podría luchar sola, contra el gran monstruo del pensamiento general.

No todos somos así, pero al ver esa base ya corrupta, al ver los que abusaban desde ya durante el paro nacional, al ver como algunos ya revendían y se apropiaban de alimentos y gasolina solo pensando en sí mismos y no en el panorama completo, al ver que todos seguían amando al país pero lo llenaban de basura y más latas de cerveza, entendí que no podía seguir siendo parte de la escuela de los peces comelata, una especie que tiene muchos años sobreviviendo y reproduciéndose, sin querer un verdadero cambio profundo de nado. Y eso, por supuesto, trae como consecuencia una nueva generación de peces mucho más fuertes, sin duda inmunes a toda cortada corrosiva en el tiempo.

Mimi Bejarano

Derechos de publicación cedidos por la autora a Infovzla.

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