Yo ya me fui de Henry Casalta Contreras

Info Venezuela, me ha “exigido” la entrega de este texto que prometí so pena de
enviarme al departamento legal. ¡Qué vaporón!

Introduzco con estás líneas que deberían haber sido las últimas… bondades de
la escritura, pero es que hoy el terminal de mi cédula me permitía peregrinar por los automercados, buscando productos regulados que no conseguí, y no había acabado de decir lo ofrecido, que antes había escrito y ahora está abajo. Así son las cosas: discontinuidad, lo de arriba está abajo y así como el país o estas líneas, el tema de emigrar.

Ya me fui, me quise ir desde que tenía como 15 años. Soñando con una Europa
romántica, repleta de esa cultura refinada, poética, arquitectónica e histórica, en la cual sus gentes, tendrían un sentido de la vida y la civilidad que yo, en ensoñación adolescente, imaginaba llenaría los vacíos que me ofrecía mi entorno venezolano. No fue hasta el año 2000 que pude cumplir mi sueño, ya menos romántico y habiendo aprendido a bailar salsa y a usar esa manera nuestra de expresarnos por ahí, para que no nos jodan.

Me fui a Barcelona, España, llevando mis ahorritos. Compré mis dólares en el banco, en aquella época se podía, y mi querida Yaya, abuela de origen aragonés me cosió en los interiores una especie de bolsillito secreto para portarlos.  Aún con ahorros, pero sólo con papeles de estudiante, apliqué la máxima de ladillar a todo el mundo para conseguir un trabajo en negro. Fue rápido, mi amigo Joaquín, percusionista catire pero caribe, me dijo: “En La Rambla hay una discoteca llamada Panams, ve ahí, pero no te asustes”. ¿Yo? ¿Asustarme?

La discoteca había sido inaugurada por los años 60s, y era toda de madera y terciopelo rojo, como lo sería la Bell Epoque o el Gordon Bleu en Caracas; lugares ya extintos. Y ponían música Indie! ¡Perfecto! Mi primer trabajo en España consistía en llenar neveras de cerveza, recoger vidrios rotos, repartir flyers en la calle y en el peor de los casos, limpiar algún vomito de un cliente borracho. En los flyers que repartía había una invitación un tanto singular: la discoteca Panams tenía otra puerta al lado, adentro solo se separaban por un visillo de esos de tiras que son como una cortina, esa otra “parte” del local daba a un piso inferior en él que se ofrecían espectáculos de striptease y sexo en vivo, heterosexual y lésbico. A eso invitaba yo a la gente repartiendo flyers en La Rambla, en invierno y con frío. Un buen día el técnico de iluminación y sonido del puticlub se fue y yo ascendí! Ya no más limpiar vómitos ni pasar frio en la calle. Ahora un entorno calentito con un trabajo técnico y haciéndome amigo de las artistas que hasta comida me llevaban a veces. Ese fue mi primer trabajo en España y duré  9 meses.

Después de algunos empleos menores llegué a trabajar como educador, como psicólogo y luego hasta en producción de espectáculos para festivales de rock como el de Benicàssim. Fue un desarrollo paulatino hasta que culminó mi estadía luego de ocho años y siendo ya español. La idea es que emigrar es duro pero se puede crecer, mejorar, irse superando. Es duro porque se echa tanto de menos a la familia o se echa de menos encontrarte con desconocidos a los que le oigas decir: “coño, que de pinga najada pana! Agarrado a una botella de guarapita en el malecón de Choroní viendo a esos negros dándole a los cueros.

Para mi también era duro darme cuenta como el verdor, la exuberancia de la vegetación y esa luz reveroniana no existía allá. Allá los bosques son ordenaditos y un tanto desteñidos.  Cada vez que venía a visitar mi país, era como una especie de transfusión espiritual de colores. Y en una de esas me quedé, pensando en algo no definitivo que ya lleva  siete años.

Llegue a Caracas pensando: bueno, no habrá tanta cultura, tantos conciertos, pero me lo puedo pasar en la playa, en el monte. Compartiendo el imaginario colectivo que me vio crecer, abrigándome en todo lo conocido y familiar de nuestro terruño. Y así fue al principio, cuando volví a Caracas en el 2008. ¡Tremendas parrilladas! ¡Unas rumbas bailando salsa sabroso con estás mujeres venezolanas que son únicas!

Pero viendo, como año tras año se van los amigos que quedan o algunos nuevos se quieren ir. Viendo como ya la fiesta no es tan buena, porque la ciudad aterrada se entristece en las noches. Las parrilladas son cada ves más esporádicas, la punta trasera cada día cuesta más y hay que pagar el condominio. Olvidando cómo se ven las estrellas en la playa de noche, porque los lugareños honestos nos previenen del peligro. Viendo como esa familiaridad y camaradería se sustituye por una paranoia,  desconfianza o discriminación. Hasta los árboles de la ciudad los están talando para agrandar las carreteras, hasta los bosques del amazonas o la sierra los deforestan para sacar el oro o el carbón. Un país enguerrillado, engorilado, jalado, arrecho… un país que se insulta y se etiqueta en dos mitades. Un país lleno de la retórica del enemigo, en donde para echar el cuento de uno siempre es necesario interrumpir el cuento del otro. Este es país en el que vivo, y sigo intentando hilar la continuidad, mientras consigo dos jabones en un automercado y una harina pan en el otro.

¿Qué cosas no? Así es muy difícil escribir este país, yo lo sigo intentando… hasta que me toque volver a interrumpirlo por otro.

Henry Casalta Contreras
P. D. Espero que el departamento legal de Info Venezuela no me llame, que el del condominio ya lo hizo.

Derechos de publicación cedidos por el autor a InfoVzla.

One thought on “Yo ya me fui de Henry Casalta Contreras”

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    “Un país lleno de la retórica del enemigo, en donde para echar el cuento de uno siempre es necesario interrumpir el cuento del otro”

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