El criollo lo llevo por dentro de Rene Rincón

Yo emigro desde los 11 o 12 años de edad, desde cuando mi padre me mandaba a la casa de mi tío en New Jersey y me quedaba por períodos de hasta dos meses en campamentos de verano, cerca de Woodstock, New York. Lo hice anualmente hasta los 23 años, cuando luego de estudiar en Estados Unidos regresé a Venezuela con el fin de establecerme profesionalmente.

Me establecí en Venezuela, amé mi trabajo en radio y televisión. Mi esposa, Fabby Obregón, periodista, trabajaba conmigo en nuestras coberturas apoyando a las selecciones de Venezuela en lugares como Australia, Polonia, Rusia, Canadá, Ecuador y Francia.

Nunca consideré vivir en otro lugar que no fuese Venezuela, ya que es allí donde se encuentran mis familiares y amigos, y además es mi país, el que amo profundamente.

Las razones que me motivaron a irme de Venezuela son muy sencillas, uno de los más altos índices de homicidios a nivel mundial; hiperinflación; inseguridad jurídica; impunidad y líderes resentidos. Estos motivos, unidos a mi curiosidad por lo que pudiera lograr profesionalmente fuera de mi país. Quizá entre todo esto, la razón principal fue darle a mi familia seguridad y calidad de vida.

El criollo lo llevo por dentro, soy guaireño y margariteño, de Caraballeda, Calabozo y Porlamar. De pasar vacaciones en los Raudales de Ature, en la Isla de Coche y en Cayo Sombrero. De ir hasta los más lejos por una tripa e’ perla, una cachapa de budare o una rueda de carite frito con tostón. Aquí paso casi seis meses al año enterrado en la nieve, mientras los que me conocen saben que amo andar descalzo y si es en la playa mucho mejor.

Un día comencé tremenda discusión… cuando dije “Me he dado cuenta de que lo que extraño de Venezuela ya no existe”, refiriéndome a que habían desaparecido muchos lugares o cualidades que echaba de menos. En lo que he sido más firme es en no señalar a quienes se quedan, ni a quienes se van, ya que esta es una decisión muy personal, y extremadamente difícil de tomar. Lamento ver los ataques e insultos de un lado a otro entre venezolanos. Mucho más incomprensible es leer a quienes desde sus trincheras (dentro o fuera del país) manda a otros a salir a manifestar y a arriesgar sus vidas.
Cuando pienso sobre este tema tan polémico, siempre me baso en la palabra ‘Respeto’ y sus ramificaciones, considerando que respetar es tener deferencia por las otras persona, es ser tolerante con quien no piensa igual que tú, y que la falta de respeto genera violencia y enfrentamientos.

Con respeto para todos, de un venezolano…

Rene Rincón

Derechos de publicación cedidos por el autor a InfoVzla.

2 thoughts on “El criollo lo llevo por dentro de Rene Rincón”

  1. Soy maniática del orden. Me gustan las cosas bien hechas. Por eso amo la cocina venezolana. Nada mejor, nada más equilibrado en sazón. Este mismo perfeccionismo me llevó a marcharme cuando vi que en Venezuela los parques, las calles, las playas, las plazas, eran los lugares más sucios y caóticos que habían. Los más peligrosos. Cuando me di cuenta que era imposible conseguir un baño público limpio. Cuando me percaté que si se te olvidaba el teléfono o la cartera o cualquier cosa o compra en algún lado era imposible recuperarla. Cuando no podías ir al Boulevard de Sabana Grande a caminar porque estaban tomados sus espacios por los buhoneros, la basura y los delincuentes. Cuando tomar el transporte público era una temeridad. Cuando asaltaban todos los días en la esquina de mi casa. Cuando no había manera de que alguien hiciera una cola para tomar un por puesto o montarse en el metro o en algún ascensor de edificio público. Cuando en la Plaza Bolívar empezó o a existir la Esquina Caliente y te insultaban cuando pasabas si tu aspecto era “escuálido”. Cuando Chávez mandó a dejarme saber que debía condenar un imputado -sin ninguna razón para hacerlo- porque “la víctima era amigo personal de él”. Cuando fui sacada de la judicatura por no haber acatado la orden y empezó la persecución. Cuando mis colegas comenzaron a temer en razón de sus opiniones políticas. Cuando formé parte de la Lista Tascón, y se cerraron las encajetadas puertas que me habían abierto solidariamente un par de amigas en el Instituto de DDHH de la Fiscalía y empezó la persecución. Cuando mi modesta casa de playa fue tomada violentamente por las hordas chavistas a impulso y amparo del gobierno. Cuando un terreno que habíamos comprado con nuestro esfuerzo, nos fue arrebatado por un militar con un título chimbo y reciente y no pudo ser recuperado. Cuando comenzamos a pelearnos en familia por las mismas razones y se hizo un abismo entre nosotros. Cuando todo esto pasó, quise buscar un lugar que tuviera más la apariencia de mis sueños, más limpio, menos salvaje, más organizado y más justo. El calor de antes, de las amistades, del país y familia, la camaradería, el amor, ya había sido resquebrajada por el discurso de Chávez. Más que una decisión de marchar, fue una huida, un sálvese quien pueda. Una obligada protección a mi familia. La tristeza que me embargó durante los años precedentes a mi partida por la pérdida de los afectos, por lo perdido entre nosotros, sigue siendo la misma de ahora. Las condiciones diarias de vida, infinitamente mejores. No se puede tener todo. Nunca podrás tenerlo. A lo salvo, pasarla lo mejor que se puede. Que si quisiera volver? No lo creo. Tan solo de paseo, cuando no haya tanta probabilidad de ser una cifra más de las actividades del hampa. Ya mis ojos contemplaron mejores latitudes y mis hijas echaron raíces en esta nueva tierra. Aunque mis raíces estén en aquel lado del patio, mis ramas se extendieron frondosas hacia este patio hermoso, ordenado y divino (porque a esta tierra, no la tomado el diablo. No del todo, por lo menos. No todavía).

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