“Lo peor de quedarse es que hay quien piensa que deberías irte” por Monito Underwood

En medio del tamaño de las tribulaciones que vivimos quienes hacemos vida en este pobre país rico, llevo días reflexionando sobre el tóxico debate entre aquellos que se fueron y quienes se quedaron. Me decía una amigo que ese debate hay que darlo.

Yo me pregunte días por qué. Pensaba que quizás una de la razones que me hacían poco proclive a darlo era ser hija de un inmigrante gallego de posguerra. Quien murió sin volver a su tierra natal, fuimos sus hijas, 20 años después de su muerte con su pasaporte, con su nacionalidad, uno de sus legados tangibles.

Pensaba en que el decía: no emigres, dejarás de ser de este lugar y no serás completamente del otro. Lo hería siempre una silente morriña aunque fundó familia y amo este país como el propio. Me toca cada tanto explicar como con mi nacionalidad sigo aun batallando a diario las miserias del país. Se la adjudico la mayoría de las veces a mi morbo periodístico. Un modo de perversión profesional, pero se que miento.

En cualquier caso, el debate es la ruptura, el dolor de miles de familias separadas, pasando el día de la madre frente a Skype, con viajeros en Maiquetia con paquetes de Diablitos y Cocosetes. Siempre regresa la pastilla que no se consigue, la carta manuscrita para la abuela que no se digitaliza, el recuerdo y el amor. Las sillas vacías en los eventos, la llamada llorosa en Navidad. Nadie quiere quedarse, nadie quiere irse. Este es un país mamitero, familiar, enfaldao.

Lo peor de quedarse es que hay quien piensa que deberías irte.

Ayer regresaba de una cita médica en el vecindario donde crecí, San Bernardino. Barrio lleno de clínicas, mitad católicos mitad judíos, surcado por una quebrada que es ahora y lo es desde mi niñez un barrio, violento a veces, modelo por momentos, de redomas que funcionan como círculos concéntricos que hacen que todo que no sea de ahí se pierda, de los más violentos de la ciudad, ante, ahora y siempre. Caminaba con mi mamá quien aun vive allí, aunque sus hijos se mudaran hace ya más de 20 años. Se encuentra con un amigo del vecindario, un moreno de más de 50 años, que la saluda por su nombre y acto seguido le responde al como estas: bien, diciéndole a todo el mundo que se queja, que si no le gusta el país que se vaya pues. No pude resistir y termine como tarbesisna con un: señor eso que dice no es correcto, yo soy tan venezolana como usted y tengo todo el derecho de vivir aquí combatiendo este gobierno, criticándolo, resistiéndolo.

Ese es el verdadero exilio, la decisión equivocada, el horror, esa macabra manera en que unos venezolanos quieren expulsar a otros venezolanos de su propia tierra porque tienen opiniones políticas diferentes.

Lo otro, es puro dolor, pura morriña, puro extrañamiento.

Monito Underwood
Periodista

Derechos de publicación cedidos a InfoVzla.

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