Esta vida lejos… por Daniela Baland Aldrey

Qué paridera esta vida lejos que he escogido. Desde que llegué a París lo único que he hecho, entre otras tantas cosas, es parir.  Parí dos niños, un idioma  y la responsabilidad de estar lejos, entender y tenerle miedo al olvido. La nostalgia es un problema, una cuasi enfermedad que últimamente ha sido penalizada por aquellos que piensan que haberse quedado es una penitencia o un acto heróico y uno, el que decide parir en otro país, no tiene el derecho ni de sentirse heróico ni de llorar de vez en cuando.

Venezuela es otra, sí, es verdad, los tiempos nos han jugado “kikiriwiki” y todo por ese afán que tenemos de reírnos de todo y tener una excusa siempre para no enfrentar la enfermedad. Pero, con toda y esa fiebre de 40, escalofríos y malestar, parir afuera y parir en tu país no tiene nada  de  parecido. Cuando tienes ese fiebrón sino está la tía, está la vecina y  sino la abuela, del otro lado del charco lo que te espera es la suerte. Nuestros defectos es lo más bonito de nosotros, es humano y hace falta.

La nostalgia es esa ampolla en el dedo gordo del pie que te recuerda cuantas veces sea necesario, la realidad de las cosas, duele y mucho. Cuando a veces escucho hablar a la gente, me asusto porque  ahora es un tema de los de aquí y los de allá, de los que sobreviven y los que se escaparon, si mi abuela estuviera viva, yo creo que nos diera una cuantas nalgadas a cada uno.  Me da pánico ver en lo que nos estamos convirtiendo por  culpa de nuestras malas decisiones. Cuando uno vive en otro país queriendo tanto el suyo siempre compara. Yo a pesar de vivir en una de las ciudades más visitadas del mundo, tranquila tranquila nunca estaré porque ese ruido hace falta, las contradicciones, la improvisación, lo visceral el un solo peo y un solo carajazo.

Sí, uno reflexiona cada día en cómo hubiese sido si… qué hubiese pasado si… las circunstancias, oportunidades, desespero, hastío , vergüenza, en fin,  es una ruleta rusa esta vida lejos que he escogido. Ha veces me pierdo y no entiendo o no quiero entender que lo único que quiero en la vida, a parte de mis hijos y mi familia, es volver a ver mi Araguaney, porque no existe una sombra parecida porque aunque el sol es universal en Venezuela se ve diferente, se siente diferente y no es una cuestión de arrogancia es así allá todo brilla y huele diferente.

Recuperar ese camino de tierra en Cata cuando se compartían los mangos criollos con los vecinos para que no se pudrieran. Volver a conseguirle el sentido a las cosas, lo veía tan claro antes, era simple, quizás porque un día crecí y para rematar decidí partir entonces ahí me di cuenta de cuánto nos hemos equivocado, que hemos sido tontos que nos han manejado como simples pendejos y nos hemos dejado robar lo más bonito que teníamos, nuestra risa.

Yo lo veo desde cerca  y me duele más que si viviera allá como ustedes ¿por qué? Por la impotencia.

No sé si somos el mejor país del mundo, pero lo que sí puedo afirmar con toda responsabilidad que para todos los venezolanos los de aquí y los de allá, el significado de valores  es los que nos mantiene unidos porque creemos en la familia y es lo que nos mantiene vivos. La nostalgia la convierto en trabajo y trasmito a través de la cocina lo que somos porque cuando uno está lejos tiene que ponerse a construir y les garantizo a los de allá que  todo venezolano emigrante hoy día, está construyendo, creando y aportando su sabiduría lo que aprendió durante muchos años en esa tierra bonita, la de todos porque siempre ha sido de todos y a la que quisiéramos volver algún día para que nuestros hijos aprecien lo que somos y siempre fuimos.

Daniela Baland Aldrey

http://ajidulce.fr/

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