Teodoro y dos taxistas, Naky Soto Parra

Teodoro y dos taxistas

“Con Teodoro Petkoff, me voy a encontrar siempre
en la defensa de las libertades”
Felipe González

“Tengo el país por cárcel”, dijo Teodoro Petkoff en video. Su ausencia fue un elemento clave en la 32ª edición de los Premios Ortega y Gasset de Periodismo. También dijo que Tal Cual es “vocero de los mejores intereses y aspiraciones de los venezolanos que queremos vivir en un país democrático, abierto y seguro para todos”. No habló mucho, pero lo que dijo fue contundente, como él, como siempre: “Este es un premio a la Venezuela luchadora, empeñada en vivir democráticamente”.

Lejos de apagar el foco de Teodoro, su ausencia obligó a muchos a mirar con mayor interés lo que nos pasa. Felipe González fue el encargado de recoger su premio, que presumo traerá en la maleta el próximo 17 de mayo, cuando vendrá a colaborar en la defensa de los presos políticos. En palabras de Felipe González: “Teodoro es la conciencia crítica irreductible de la izquierda, que cree en la libertad de los lectores y de los electores. Por eso molesta tanto y a tantos (…)Teodoro Petkoff es la bestia negra de Diosdado Cabello (…) Cada vez que opina Teodoro Petkoff, tiembla el régimen. Este premio a Teodoro le da oxígeno a mucha gente en Venezuela que quiere defender la libertad”. Fue un discurso breve, emotivo, respetuoso.

Mario Vargas Llosa hizo lo propio, considerando que: “es un premio muy justo para alguien que es un símbolo de la resistencia democrática a un régimen que va cerrando cada vez más los espacios pequeños donde todavía podía funcionar un periodismo independiente y crítico. Nadie ha utilizado con más valentía y lucidez las convicciones democráticas”. El Nobel repasó la trayectoria de Teodoro, y dijo: “es un hombre de pensamiento y acción que ha sido capaz de mostrar distancia con la acción que él mismo protagonizó y escribir sobre ella con lucidez”. Señaló que Teodoro ha demostrado grandeza y valentía, y enfatizó que “este premio tiene una significación muy especial y que va a trascender largamente las fronteras de la propia Venezuela”. Agradeció a Teodoro su causa y la de todos los venezolanos que trabajamos por la defensa de la democracia.

Con la hermosa imagen de Teodoro viendo la entrega desde una computadora, repasé las palabras de González y Vargas Llosa. Hay trayectorias que hacen converger a divergentes, hay historias que fomentan consensos, la unanimidad de la coherencia.

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Hoy tuve el placer de conversar públicamente con Héctor Torres sobre su libro “Objetos no declarados”. Pasé varios días tratando de hilar mis impresiones con sus historias, su urbanidad con la mía. Un choque las alineó. Les cuento.

Un par de taxistas chocan en una calle de Chacao. El frenazo del primero, le hizo imposible al segundo recortar la velocidad para no llegarle. El que frena apaga el carro y abraza el volante. Yo estoy a su lado. El que lo chocó, se baja como una fiera y grita: “Pero bueno, maldito mamagüevo, ¿qué coño de la madre es lo que te pasa a ti? ¡Bájate de esa mierda y arreglamos este peo ya!”. No pude moverme. La ira de ese Hulk me hizo temer el destino del señor que veía a mi lado. Hulk golpea la maleta del carro. Otros transeúntes se detienen expectantes. El primer taxista no soltaba el volante, mantenía en su mano derecha un teléfono celular. La fiera revisaba su parachoques, sus luces. Negaba con la cabeza y decía más groserías. Así hasta llegar a la puerta del delantero y patearla. Nadie interviene. Todos vemos.

El taxista delantero abrió lentamente la puerta. Su rostro estaba enrojecido, sudado. Una suerte de gemido acompañaba sus movimientos. Negaba con la cabeza. Hulk abre espacio como para estudiarlo. El delantero muestra su celular y le dice llorando: “Perdóname. Me acaban de avisar que se me murió mi vieja”. Un sonido común rompió el silencio. Hulk se humaniza en un nanosegundo, se hace Bruce Banner. Abre sus brazos al delantero y dice: “Coño, hermano, qué desgracia. Ven acá”. Con la mano derecha le envuelve el cuello, con la izquierda lo abraza. El delantero llora con desconsuelo. Nadie tocó corneta. Los que van pasando respetan la escena, la intuyen. Bruce Banner se aleja por momentos para preguntarle por su mujer, por sus hijos. El delantero responde bajito, gimiendo. Banner palmea su espalda y le abre la puerta del carro. Le indica que dejen eso así, que él resuelve; que trate de irse directo a la casa, pero que se serene, porque si sus hijos lo ven así “se jode todo”, que no olvide que él es un padre de familia, el hombre de la casa y ahora es que empieza lo más duro.

El delantero arranca y Bruce Banner recoge su parachoque. Algunos testigos le agradecen lo que hizo, lo miran con amor. Banner suspira antes de arrancar y todos vuelven a sus propias historias.

La compasión es una emoción arrolladora, difícil de declarar.

Naky Soto Parra.
Derechos de publicación cedidos por la autora a Infovzla.