Monito Underwood y el Manual de Carreño…

De lo daños intangibles que nos va dejando la llamada revolución y que tardaremos años en recuperar esta el fin de la urbanidad.

Creo que no se sabe ya ni quien es Carreño.

Se orina en la vía pública, en el metro se rascan las bolas a veces hasta por dentro del pantalón y luego orondos agarran su barra para sostenerse, se sacan los mocos, se rascan la cabeza y con una larga uña acrílica se sacan lo que queda de cuero cabelludo con otra igual de larga, el porcentaje de los que se tapan la nariz a la hora de estornudar es un problema de salud pública.

Yo que recibí una estricta educación tarbesiana, la cual odié en su momento y aprecio profundamente en éste, no puedo con el modo de mesa con codo arriba, a veces pienso que me voy poniendo vieja. Nunca se bajan de la mesa porque están con el celular, entre tanto chasquean y se atragantan sin respiro para poder seguir en el celular y si estas de suerte te hablan rapidito con la boca llena. Y no son los otros, somos nosotros. La prima, el vecino, el de la mesa de al lado, el de la mesa tuya.

Y nadie lo que llaman nadie responde unos buenos días.

La revolución de amor.

Disculpen lo grueso de los ejemplos no puedo escribirlo de otra forma. Es así. Así cambió mi ciudad. Ciudad ahora de motorizados que te hacen apartarte de la acera, el país donde todo está sucio, roto, mal remendado, y la basura ahogándonos. Olvídense de pensar que a estas alturas de la partida exista un programa de reciclaje. Saque la mano por la ventana y tire eso por ahí. Llegué a ver un colchón en la copa de un árbol que desechó un camarada en La Guaira de su recién estrenado edificio de la misión vivienda.

El chavismo que Moleiro denominó en su polémico artículo el “chavismo gafo” señalaría aquí, dulcemente: es que la gente es muy cochina caramba.

Falta de un gobierno decente, carajo, de programas de educación, de formación a través de la monstruosa red de medios públicos. Pero eso no importa, importa que el laboratorio de odio siga y los militares sigan tranquilos raspando la olla codo en mesa y meñique en güiski. Esto último es envidia, hace años no me tomo uno, cuesta como tratamiento de quimioterapia.

Vengo de una familia de origen humilde, hija de un inmigrante con una desplazada, gallego albañil y margariteña normalista, mis dos abuelos fueron alfabetos rudimentarios. Pero en esa casa de trabajo honrado y modesto, de privaciones económicas unas veces más que otra, no se se decían groserías, era muy ofensivo, bajo ninguna circunstancia se hablaba con la boca llena y montar un codo en la mesa no solo era mal visto sino que incomodaba a los vecinos, la mesa era la justa para seis. Hacíamos al menos una comida al día en la mesa. Sentados. Con la mesa servida. Deliciosa y modesta. Otras veces sibarita y modesta también. Y aun me salva eso, me salva en esta casa, que es mi casa por cárcel.

Monito Underwood

Monito Underwood
Derechos de publicación (texto e imagen) cedidos por la autora a InfoVzla

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