El pan del pueblo

Por Torkins Delgado

El parling:

Para empezar, voy a hablar del gobiernito zombi, porque vivimos en un país en el que el Estado, específicamente los militares, tiene el monopolio de las armas y las putas balas son hechas por la Compañía Anónima Venezolana de Industrias Militares (CAVIM) perteneciente al estado y regentada por las Fuerzas Armadas Bolivarianas Patriotas Antimperialistas y Chavistas. En USA, por ejemplo, si eres un maldito loco asesino tienes el derecho constitucional de armarte con bombas de hidrógeno si te da la gana.

Vivimos en un país donde los delincuentes son entrenados y, muchas veces, financiados por el partido de gobierno, y sus fuerzas de seguridad son una mafia que cobra vacuna para que no te roben, secuestren, invadan, expropien o maten, cuando no hacen el doble papel de pacos y choros, a veces en el mismo tiempo y espacio.

Vivimos en un país donde existen infinitos proyectos de seguridad ciudadana, todos incumplidos, todos fracasados; donde la impunidad campea, y junto con la muerte son de las únicas cosas de las que podemos estar seguros los venezolanos. Vivimos en un país donde la justicia depende de cuánto real tengas y de cuánto estés dispuesto a dar. Por ejemplo, de nada sirve que se anuncie que tal trámite es gratuito, cuando los funcionarios burócratas por conveniencia te lo hacen inalcanzable hasta obligarte a usar un gestor “que tiene a alguien dentro y te lo saca rapidito”, pues ya todo esto es violencia de estado.

Y es que cuando el fulano mafioso sale en televisión pública con grabaciones ilegales de conversaciones, adquiridas sin debido proceso, para denigrar, burlarse o acusar a tal o cual opositor desde el delito, es violencia de estado. Cuando todo el mundo sabe de manejos irregulares en la administración pública y no existe contralor constitucionalmente electo e independiente, es violencia de estado. Cuando un juez es provisorio o interino, y se le niega la garantía de estabilidad laboral y con eso la independencia de sus decisiones, es violencia de estado. Pero es que si necesitas un mínimo de tres días de siete horas de cola para conseguir la cesta básica/básica sin marcas o control de calidad específico, sólo de productos digamos plain, (para los que creen todavía en la tesis de la guerra económica, sepan que quien determina dónde cuándo y con cuánto van a ir los camiones de distribución de TODOS los productos que se venden en el país es la Guardia Nacional Bolivariana) eso, eso también es violencia de estado.

La historia de X y Y

X era un mecánico natural, de esos panas que no entienden de nada que no sea de motores, para los que no hay otra cosa aparte que le interese que una jeva y unas cervezas (no necesariamente en ese orden). No le importa una mierda la política y siempre dijo su mantra favorito, aprendido de su abuelo que llegó a Caracas a mediados de los cincuenta a trabajar en las soluciones habitacionales del banco obrero: “Si no trabajo no como”. Su hermano Y tampoco estudió completo, pero siempre se movía bien con las ventas, hasta que le quitaron “su” pedazo de acera e indignado gritaba que le era vulnerado su derecho al trabajo, X se reía, porque consideraba que comprar vainas a los chinos y venderlas en la calle no era trabajo, en cambio él no tenía taller, pero podía resolver cualquier problema con una manguera, un destornillador y un martillo en cualquier calle. Una tarde después de matar un tigre en el barrio, X se dedica a su propio carro, un bichito francoitaliano coveadito, rines y cauchos nuevos, carburador y empacaduras recientes y como era de esperarse un equipo de sonido más caro que el motor. Nada combina mejor con el aceite de carro que la cerveza, pero ya menguado el sol y la vejiga dinámica es mejor el ron o en su defecto el juvenil anís. Cuando se tiene carro siempre hay algún güevon que llevar bien lejos y mientras más amigo, más compadre, más lejos vive, en un barrio perdido en la periferia de Cúa por ejemplo…allá con una botella caminera y los agudos en su siseo palpablemente acompasado dejó a su compadre.

Allá también le quitaron la vida inexplicablemente, sólo le despojaron de unos pocos dineros, sólo le robaron un celular viejo, le sacaron lo que quedaba de botella y lo mataron porque seguramente erró la curva para salir del laberinto mirandino. Allí estuvo hasta la rigidez, hasta confundirse con el contenedor lleno de huelgas sospechosas y desidia vecinal, hasta empollar los huevos de moscas tornasol en su vientre abierto dentro de su carro tornasol. La ensalada de parlantes – Rockford, mtx, bose, infiniti, jl – estaba intacta en la maleta así como las puertas y cuanto lugar libre había donde pasar un cable, también su repro pioneer y lo más importante y costoso: su talega de herramientas obrada y macerada a lo largo de 25 años de grasa y gasolina. Todo allí en el carro tornasol sin aire acondicionado estacionado en la tragedia.

Pasadas las 5 la esposa de X llamo a Y, su compadre le aviso donde estaban los restos de X, que no había nevera que viniera a Caracas, pero que alguien tenía que ir a Cúa a tratar de recuperar lo único que le había dejado a sus cuatro hijos, una discoteca rodante y unas cuantas herramientas, con eso podían pagar el entierro y serviría de ayuda mientras conseguía un sucesor, Y se empujó pa’ Cúa en transporte público, triste y arrecho, cansado y concentrado, sabía que tenía el carro de su hermano y lo volátil que son las herramientas y los equipos de sonido en los estacionamientos de tránsito, vapor al ser enganchados en la grúa. Al llegar ya había pasado la hora del portón y no tenía suficiente dinero para materializar la llave, volver a Caracas resignado del destino de la herencia. Al volver, a correr hasta la morgue donde no ha llegado el cuerpo pero se entera de que no lo van a entregar por ser asesinato, a no ser… suspira… que se pague a alguien cerca de cinco mil para liberar el cuerpo, de resto tienen que esperar porque hay gente importante y los que ya pagaron primero… hoy Y le cuenta a quien lo escuche que su hermano no cayó en ningún ajuste de cuentas, y que él tiene que ajustar unas cuantas cuentas con la nación que lo violenta todo los días todo el tiempo, con sus ciudadanos alcahuetas.

El portugués

Cincuenta años en un país es mucho país en la piel, en las arrugas, en la retina, en los intestinos. Cincuenta años de Venezuela tenía el señor José en su portuguesa humanidad de setenta y siete años. Emboscado en la puerta de su comercio, ejercía la más noble y espiritual profesión que las manos y el fuego pueden gestar: panadero.

Asesinado en la mañana, cuando no se ha vendido ni una canilla.

Asesinado sin motivo, cuando el horno todavía está frio.

¿Para robarle qué? ¿El trocado del día anterior? ¿Para que no echara paja? ¿Porque no pagó vacuna?

Conocí al señor José, no solo era mi vecino, también comí del pan que hicieron sus manos, lo compré casi todos los días desde hace más de ocho años; como seguramente lo hicieron alguna vez sus asesinos, alguna mañana en que su madre salió del trabajo y les llevó de desayuno pan de El Faro. La familia me reconfortó con cariño y amistad en mis lutos y celebró la llegada de mi hijo con alegría y aprecio.

Me pesa tanto tener que hablar de la violencia como política de estado y que sea uno de los ejemplos de nuestra terrible indefensión, de la mierda que nos cerca…es inminente que la sangre de todas estas víctimas salpica a quienes detentan el poder, ahí está en la espalda de la señora fiscal cómplice de cerca de cinco mil muertes sólo en lo que va de año.

Como decía Chateubriand: “la justicia es el pan del pueblo, siempre esta hambriento de ella.”

 

Por Torkins Delgado para #infoVnzla

@infoVnzl