El sueño venezolano se desvanece

Por Wyre Davies, Corresponsal en Río de Janeiro.

BBC – Publicado el 9 de abril de 2014

“Lo siento mucho señor, pero no tenemos jabón en las habitaciones.  Es por la situación de acá, sabe usted.”

Así comenzaba mi estancia no programada en la ciudad fronteriza venezolana de Pinal.

El propietario del hostal se mostraba muy pesaroso y resignado a su suerte.

Los habitantes de esta ciudad se han acostumbrado a la escasez o a la ausencia de productos básicos como el jabón, el papel higiénico, el café, el azúcar como consecuencia del agravamiento de la crisis económica venezolana.

Con su inmensa riqueza petrolera, este país debería ser una de las naciones más ricas del planeta.  Sorprende, por tanto, que a menudo sea imposible hallar artículos de primera necesidad en las tiendas del Pinal, o incluso, de la capital – Caracas.

Los estrictos controles monetarios, la mala administración de la economía, la corrupción y la inflación son algunas de las causas del problema.

El gobierno de Nicolás Maduro culpa de la escasez a “los especuladores”, “los empresarios burgueses” y los Estados Unidos.  Muchos de sus partidarios están de acuerdo con él.

Habíamos llegado al Pinal tras un viaje en automóvil, más largo de lo esperado, desde San Cristóbal, la ciudad universitaria donde comenzó la actual oleada de protestas a principios de febrero.

La semilla del descontento

En aquellas fechas, una manifestación estudiantil en protesta por el aumento del crimen, que a menudo queda impune, fue brutalmente reprimida por la policía militar local.

La detención de varios estudiantes y varias denuncias de maltrato policial provocaron nuevas protestas por todo el país.

Miles de soldados fueron enviados por avión a esta remota región del país para restaurar el orden y limpiar las calles de barricadas.

Por ahora, el ejército y la policía han vuelto a tomar control de San Cristóbal.

Algunos de los líderes estudiantiles se encuentran bajo custodia policial.  Otros estudiantes, con los que logramos hablar, escaparon y han declarado que continuarán sus protestas contra la corrupción y la violencia.

Pero su número está decreciendo.

Batallas nocturnas

Es difícil saber con exactitud el grado de popularidad del que gozan las protestas anti-gubernamentales.

Pese a que las barricadas que levantan los estudiantes radicales por todo Caracas no generan la simpatía de los residentes locales, muchos en la sociedad venezolana siguen respaldando los objetivos de los estudiantes.

A instancias de los ministros de asuntos exteriores de la región, líderes de la oposición y funcionarios del gobierno están preparándose para mantener un diálogo formal con el fin de intentar detener la oleada de protestas que se ha extendido desde San Cristóbal hasta Caracas y otras ciudades venezolanas.

Sin embargo, casi todas las noches se libran batallas entre partidarios del gobierno y de la oposición.

Desde que comenzaron los enfrentamientos, ha habido casi 40 muertos y cientos de heridos, dado que en ambos bandos se han utilizado armas de fuego.

La gasolina, que a menudo ha resultado ser una maldición más que una bendición para Venezuela, es usada ahora por los estudiantes para sus cócteles Molotov.

Muchos residentes caraqueños dicen que sus vidas se han visto interrumpidas por las protestas, que estallan casi todas las noches -una situación que les resulta completamente insostenible.

Durante el día se hacen evidentes las dificultades económicas que atraviesa el país, cuando en el exterior de los supermercados, de propiedad estatal, se forman colas de gente que espera para comprar productos de primera necesidad.

“Llevo hacienda cola más de tres horas para comprar leche, harina y pan, pero no hay azúcar,” me dijo un hombre visiblemente frustrado, mientras detrás de él la cola avanzaba despacio alrededor de la colina cercana a Petare, un enorme  barrio obrero de la capital.

Otra urgente preocupación de los venezolanos son las altísimas tasas de criminalidad.

Los actuales índices de asesinatos se encuentran entre los más altos del mundo y los crímenes más violentos quedan sin resolver.

El precio más alto

Algunos han pagado un alto precio por protestar contra la creciente criminalidad.

En el patio de una casa modesta en uno de los vecindarios más tranquilos de San Cristóbal, deambula un perro que espera que su amo vuelva a casa.

En el interior de la vivienda, Carmen González sostiene las gafas manchadas de sangre que su hijo Jimmy Vargas llevaba cuando murió.

Me enseña las fotos de su cuerpo almacenadas en su teléfono móvil, e insiste que su hijo fue víctima de los disparos del ejército mientras tomaba parte en una protesta.

La oficina del fiscal ha decretado que la causa de su muerte fue accidental y que el muchacho murió al caer tras perder el equilibrio mientras intentaba descender de un tejado al que se había subido.

“Él amaba a este país pero decía que no podía vivir en una dictadura y que sentía que tenía que hacer algo”, la madre recuerda. “El gobierno pagará por lo que hicieron a mi hijo.”

Oposición dividida

La oposición al gobierno de Nicolás Maduro está dividida entre quienes hacen llamamientos  a la acción directa y los moderados que ven en el diálogo con el gobierno el camino a seguir.

En un mitin en el centro de Caracas, una intervención tras otra exige la liberación del encarcelado líder de la oposición, Leopoldo López.

Los oradores también demandaron la caída de un régimen que consideran cada vez más autoritario, incluso dictatorial.

En estos momentos de la crisis, no cabe duda de la impopularidad del gobierno entre muchos.

También se le ha acusado de politizar descaradamente lo que deberían ser oficinas estatales independientes o de utilizar decretos gubernamentales para saltarse la autoridad del parlamento.

Pero el comodín con el que cuenta este gobierno es que ha sido elegido democráticamente.

Tras una rueda de prensa para informar del progreso de las investigaciones policiales sobre el conflicto, entrevisté a la Fiscal General de Venezuela, Luisa Ortega.

Ella es uno de esos funcionarios, cuyas oficinas han sido acusadas de actuar de manera patentemente partisana.

Es una acusación que Ortega rechaza, alegando que los enemigos de Venezuela en el exterior y en el interior del país están intentando minar el sistema y el gobierno.

“Estas llamadas para derrocar el gobierno son hostiles y totalmente inaceptables”, me dice.

“En Venezuela contamos con controles y mecanismos democráticos para cambiar el gobierno si es lo que el pueblo quiere.”

Núcleo de apoyo

El apoyo al gobierno procede de barrios obreros como el 23 de enero, donde Hugo Chávez gastó millones de dólares en proyectos sociales.

El anterior presidente murió de cáncer hace poco más de un año, pero su imagen aparece pintada en los edificios desde los que contempla la cuidad abajo.

Los devotos prestan homenaje a “El Comandante”, todavía es reverenciado aquí como el hombre que finalmente compartió parte de la riqueza petrolera con las clases trabajadoras, rompiendo las cadenas impuestas por una élite económica, y que alentó a estas gentes a convertirse en activistas.

Nicolás Maduro fue el sucesor elegido por Chávez y ha intentado continuar en la misma tónica. Pero pese a sus apariciones, casi diarias, en los medios pro-gubernamentales, Nicolás Maduro no es Hugo Chávez.

Incluso, entre sus partidarios hay quienes dicen que no tiene el mismo carisma ni autoridad para unir a la nación en estos tiempos difíciles.

Aunque ahora hay cierta esperanza que el gobierno y algunos miembros de la oposición entren en diálogo, el lenguaje empleado por los dos bandos ha sido preocupantemente belicoso y divisivo.

En un país profundamente dividido por clase e ideología, muchos creen que el sueño de Chávez de una utopía en Venezuela puede estar desvaneciéndose.

 

Fuente Original: Davies, Wyre.”Venezuela’s fading dreams”. BBC. 9 de abril de 2014. BBC. 13 de abril de 2014.

http://www.bbc.com/news/world-latin-america-26951573

Foto: Sacada de la fuente original “Venezuela’s fading dreams”. BBC. 

Traducido por #infoVnzla

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