La irrealidad de un país desnudo: entre el silencio y la indiferencia

Por: Aglaia Berlutti

Publicado el: 16 de abril de 2014.

La irrealidad de un país desnudo

Hace poco, la periodista @TamoaC* comentaba en Twitter que un buen indicativo de la situación del país es que se considere noticia el diálogo entre adversarios y que los periódicos hayan obtenido papel para poder continuar publicándose. El comentario me hizo sentir escalofríos, sobre todo porque es una muestra hasta qué punto el clima del país se encuentra enrarecido y contaminado por algo mucho más turbio que nuestra mera interpretación de lo que ocurre. Una brecha visible entre lo que creemos real – evidente – y lo que no lo es.

Pienso en todo lo anterior mientras camino por la avenida a dos cuadras de mi casa. Desde hace unas dos horas, estoy intentando comprar algunos artículos de primera necesidad, en un recorrido cada vez más complicado por todos los establecimientos comerciales de la zona donde vivo. La mayoría se encuentra con los anaqueles vacíos a medias y otros con largas hileras de un único producto que intenta brindar una apariencia de cierta normalidad al local. Ambas imágenes me producen una profunda sensación de angustia, algo parecido a una frustración amarga que no sé cómo explicar muy bien.

El recorrido se hace cada vez más largo. Encuentro largas filas de compradores en los supermercados más grandes y otra pequeñas y tumultuosas en comercios más pequeños. En un pequeño abasto, un grupo de amas de casa hacen paciente fila frente a la puerta entreabierta del local.

– Hay leche -Me explica una de ellas cuando le pregunto – Si quiere métase en la cola y compre. No sabemos cuándo venga de nuevo.
– Yo digo que hay que aprovechar – dice otra, muy animada – cuando uno encuentra las cosas, mejor comprar todo lo que quiere y así no se angustia uno en semanas. Véngase mija, no es muy larga la cola hoy.

A pesar de la invitación, no me uno a la cola. Por algún motivo que no entiendo muy bien – ¿será algún tipo de orgullo? me pregunto con frecuencia – durante los últimos meses he evitado sistemáticamente hacer filas para comprar alimentos. Prefiero adquirir lo que encuentro (cuando lo encuentro) aunque no siempre es un método del todo efectivo. Continúo haciendo, aunque lo evite, interminables filas para pagar, sólo para entrar al Supermercado de turno. La cola se ha convertido en el símbolo del paisaje urbano depauperado de Caracas, esa día a día a trozos, que no encaja en ninguna parte, que carece de toda lógica. La cola que cruza avenidas y calles, los ciudadanos aguardando pacientemente en medio de esa resignación agotada de un país abrumado. Pero yo no me resigno. Intento no hacerlo. Intento en lo posible que esas largas filas de ciudadanos que aguardan en silencio, sean un símbolo de algo más, una idea peligrosa, inquietante. Una visión del país que no deseo, que no comprendo. Que necesita un replanteamiento de su propia identidad.

Normalidad, pienso, de regreso a casa. Llevo cuatro bolsas que me costaron el triple que hace seis meses. Y compré exactamente la mitad  de las cosas que antes compraba por la misma cantidad de dinero. Por supuesto, no encontré algunos productos básicos, pero si algunos que creí perdidos de los anaqueles por meses. Llevo aceite de cocina, harina, papel de baño, champú y pasta de dientes. Cuando cruzo frente a un grupo que conversa en una esquina, todos me miran. En realidad no me miran a mí, miran las bolsas que sostengo. Las analizan con una mirada meticulosa, un poco codiciosa. La nueva mirada del comprador rapaz. Un amigo la describe como la mirada del “zamuro”. Una idea desconcertante y hasta un poco asombrosa.

En la puerta de mi edificio, me encuentro con una vecina que, por supuesto, me pregunta de inmediato donde compré algunos de los productos que llevo. Entre una pregunta y otra, conversamos un rato. Me cuenta que hace unos pocos días, la asaltaron unos metros más allá.

– Un muchachito, mija – me explica – me empujó, me sacó una navaja y me arrancó la cartera. Después me empujó y me gritó. Pero estoy viva y la cuento.

La miro horrorizada. Mi vecina es una mujer de unos sesenta años bien llevados, con un rostro enérgico lleno de arrugas amable y contextura pequeña. Lleva un pantalón de tela sencillo y una camiseta ancha. No imagino que alguien pueda agredirla, golpearla, amenazarla. Pero ocurrió, claro está. Me muestra los moretones del brazo – dos, uno de aspecto especialmente doloroso -, y de nuevo, me explica lo aterrorizada que estuvo, el terror que le hizo sentir la amenaza.

– Pero bueno mija, no pasó a mayores – repite – eso en estos tiempos es un lujo.

El lujo de la vida, pienso con amargura. Viviendo en la segunda ciudad más peligrosa del mundo, te acostumbras a agradecer lo absurdo. A comprender la cualidad del sobreviviente, ese beneficio de la duda que te acompaña a todas partes ¿Qué normalidad es esta? me insisto, con los dientes apretados de una furia lenta, dolorosa. ¿Qué clase de idea sobre la rutina es esta que incluye a una Venezuela fragmentada, rota en trozos sin sentido? Una normalidad donde cada esquina es una amenaza, un azar con sabor a bala. La necesidad de asumir que la coyuntura se convirtió en una imitación de lo habitual, de la rutina. Y aún así, se agradece, se mira como parte de esa idea de país que se construye a medias. Un país lleno de heridas abiertas y a medio cicatrizar.

A veces despierto y miro por la ventana de mi habitación esa línea verde del Ávila. Es la primera imagen que tengo al despertar. La que contemplo mientras me tomo el primer sorbo del café del día. Hace años, solía pensar que esa belleza radiante con sabor verde salvaje, era un consuelo. Ya no lo es. Y es que no logro asumir que el clima privilegiado, los cielos radiantes, el clima perfecto sea una disculpa. Porque no lo es. No puede serlo. No puedo conformarme con la estampa del país deseable, con esa figura medio borrosa de un planteamiento de país basado en un nacionalismo agrietado. No, no me resigno, pienso, mirando el Ávila de nuevo, una línea verde sobre este dolor a diario, esta rutina afeada por la angustia. No quiero resignarme, en todo caso.

Leo las noticias de la represión. Se han hecho abundantes, cotidianas. Otra mirada al parte de guerra habitual de un país donde la violencia es cosa de todos los días. Al “menos mal estamos vivos”, ahora se añade “al menos no vas preso”. Hombres y mujeres de toda edad y condición social, son las víctimas de esta nueva eventualidad, de la justicia que criminaliza la opinión y la convierte en un delito. Desde estudiantes cuyo única afrenta es llevar una cámara encima, hasta el sólo hecho de brindar ayuda a un herido, en la Venezuela actual, la ley se convirtió en una forma de venganza. ¿Otra cosa a la que deberíamos acostumbrarnos? ¿Otra cosa que aceptar como inevitable? ¿Otra de las tantas preocupaciones de un país que se debate en entenderse sin lograrlo?

Otra cola. Esta vez, para intentar comprar una medicina. Una simple: solo se trata de un calmante para la migraña. Pero no es simple, esta sensación de vulnerabilidad, de encontrarme en ninguna parte. La farmacia solo atiende a un cliente a la vez, y el resto aguardamos con una paciencia desconocida, como si fuera una especie de primitiva aceptación de una resignación histórica. La espera me produce angustia, una cierta claustrofobia que intento soportar con alguna ecuanimidad. No puedo. Me revuelvo de un lado a otro. Miro por las vidrieras enrejadas. El único empleado atendiendo con mano floja. Y estoy a punto de irme, con el dolor palpitándome en las sienes y la boca con un sabor amargo. Pero no lo hago. Al final aguardo y cuando finalmente llego al mostrador, compro la medicina con mano temblorosa, una mezcla de cansancio y pura furia.

Comienza a anochecer en otro día cualquiera en esta Venezuela muda. Las pantallas de la televisión transmiten una Venezuela que no existe, una muy ligera, consumible. ¿Qué ocurre más allá? ¿Cuántos venezolanos están padeciendo y sufriendo esta resignación resquebrajada, triste? Cuando me asomo por la ventana, la calle está tranquila. Pero más allá, el país ruge, el país se debate, el país sufre y muere. Y siento miedo de este silencio, de esta profunda sensación de olvido, como si el país fuera arrasado por sí mismo, destruido por esa paciencia sorda, resignada, sin resquicio.

En la última página de Cien años de Soledad, Aureliano Babilonia, viudo reciente y padre de un bebé con rabo de cochino que las hormigas acaban de comerse, mira el ventarrón bíblico que habrá de arrasar la ciudad y arrancarle el nombre y siente paz. Una paz resignada, triste y a pedazos. O así me lo imagino. El último habitante de la ciudad de los espejismos, con los papeles de Melquiades entre las manos, mira la noche estrellada y siente que puede comprenderlo todo, en medio de la tragedia, pero que esa comprensión es tan inútil como insustancial. Y pienso que quizás, los Venezolanos que sobrevivimos a medias a esta historia rota, nos sentimos tan abrumados por la tragedia como ese Aureliano literario, arrasados y heridos por la resignación, somos parte de una historia incompleta, sin sentido y que carece de sentido. La de un país que pierde poco a poco el gentilicio.

C’est la vie.

 

*Tamoa Calzadilla

Fuente orginal: Berlutti, Aglaia “La irrealidad de un país desnudo: entre el silencio y la indiferencia.” The Aglaworld. 16 de abril de 2014.

http://www.theaglaworld.com/2014/04/la-irrealidad-de-un-pais-desnudo-entre.html

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