La tarde cuando cayó el rebelde

Por: Leoncio Barrios. Revista Marcapasos.

Publicado: Marzo 2014

estudiante

Muchos vecinos del municipio Chacao, epicentro de las protestas en Caracas, fueron testigos durante más de un mes de la represión sistemática de los cuerpos de seguridad contra los jóvenes que levantaban barricadas cada tarde. Leoncio Barrios cuenta lo que vio, desde su balcón, cuando la Guardia Nacional se llevó a uno de ellos

Eran las cinco ‘e la mañana, como canta Juan Luis Guerra, cuando me desperté aquel 17 de marzo. Aún en la cama pensé en la escena, vista desde el balcón, del chamo, del chamito*, defendiéndose de los guardias nacionales cuando anoche, temprano, lo atraparon, a dos cuadras de la plaza Altamira, al este de Caracas.

¿Dónde estará el chamito?, ¿qué le habrá pasado, ¿cuántos como él?

El chamo huía de la Guardia Nacional que venía en motos desde más abajo.  Obvio que las lacrimógenas y los perdigones no lo habían disuadido en su afán de guarimbear*, porque gran parte del grupo de manifestantes ya había llegado y dispersado dos cuadras más arriba de la plaza Altamira, epicentro de protestas violentas en la capital contra el gobierno de Nicolás Maduro.

Las lacrimógenas  comenzaban a caer con el atardecer, todos los días,  desde hacía como un mes, un poco más debajo de la plaza. Al principio, a los vecinos nos hacían llorar las bombas pero con el pasar de los días eran las escenas que veíamos en la zona de guerra que habían convertido a los alrededores.  Esa tarde, la del 17, fue más intensa. Maduro lo había dicho horas antes: “vamos con todos los hierros contra los violentos”.

¡Mira, mira!, vienen corriendo hacia la esquina. ¡Mira! atrás vienen las motos, coño, ¡corran, corran!

Ese chamo, probablemente, no tenía dieciocho años. A pesar de los seis pisos de altura que nos separaban se podía apreciar su delgadez, su blancura contrastante con el pelo negro en rizos que bailaban en la carrera. Con rostro y agilidad de adolescente,  corría como un atleta hacia la esquina donde cruzaban todos para que la policía les perdiera de vista.  Destacaba en el grupo de corredores por el pantalón de lycra negro con franjas anaranjadas fosforescentes a cada lado.  Mala pinta, chamito, eso dice de tu inexperiencia en estos avatares: cuando se va a protestar no puedes ir tan llamativo porque te ven desde lejos, te identifican fácilmente, cuándo quieran, quién sea. ¿Cómo se te ocurre?

¿Dónde estará el chamito?, ¿qué le habrá pasado?

Cuando ya casi llegaba a la esquina aparecieron otras motos con guardias en dirección contraria a los corredores –¡vaya susto!-. Un grupo de unos quince jóvenes, los últimos de la carrera, quedó atrapado entre las motos. Escaparon hacia los edificios, saltaron como liebres asustadas hacia los jardines aledaños, trataron de alcanzar la esquina esperanzadora. El chamito se metió en un jardín, la lycra con franjas naranjas resaltaba entre las matas. ¡Escóndete!, escóndete!, ¡chamo que te van a ver! ¡Ayyyy, lo agarraron! Dos guardias se lo llevaron y él tratando, con todas sus fuerzas, de zafarse. Vinieron dos guardias más para ayudar a someter aquel rebelde. Le dieron. El joven hacía lo imposible por soltarse. Le volvieron a dar. Lo subieron a la moto. El chamito se sacudía, no se dejaba.  Mira, se cayó la moto con guardias y chamito. ¡Ay, le dieron con un casco por la cabeza  estando en el suelo! Pero no se quedaba quieto. Lo volvieron a montar y la moto arrancó hacia la plaza junto a muchas otras motos; algunas llevaban más jóvenes detenidos entre el guardia chofer y el parrillero.

Antes de dar la vuelta triunfal hacia la plaza, las motos pasaron frente a un grupo de vecinos que había bajado de los edificios; tres mujeres, dos cuarentonas y una bastante mayor, trataron de agarrar al chamito que manoteaba.  La mayor lo agarró por un brazo pero la fuerza de la moto pudo más.  Otra, con altos tacones y pantalones de tigresa, se metió entre las motos  y cuando casi llega donde está el joven, ¡suaz! arrancó y se lo llevó.  La mujer, presa de su impotencia, se tiró al asfalto llorando.  De nada valió su altivez de dama elegante ni su sensibilidad materna, pensando en los hijos, de ella o de otras.

¿Dónde estará el chamito?, ¿qué le habrá pasado?, ¿cuántos como él?

Idas las motos, vecinos y automovilistas trancaron esa esquina en Altamira y se realizó una espontánea protesta pacífica entre los andantes más adultos. “De aquí no nos movemos”, “hay que apoyar a los muchachos”, “no los dejemos solos”, “vamos hacia la plaza”, decían, aunque nadie se movía hacia allá, donde estaban los guardias.  Fueron ellos quienes se acercaron, amenazantes, en sus motos con faros encendidos. El grupo de vecinos alzó sus brazos en gesto de paz (aunque estuvieran a punto de reventar por la rabia y quisieran matarlos) y cantó el himno nacional. Las motos frenaron en seco. No es que los guardias se bajaran para ponerse en pie ante las gloriosas notas, no, sino que la fuerza pacífica de los vecinos los hizo girar, derrotados, esta vez.

Los vecinos, envalentonados por la fuerza de la paciencia, discutieron la situación en el medio de la calle. Algunos dejaron salir su rabia en el discurso y todos expresaron la decisión de continuar en la lucha “hasta que este gobierno caiga”.  “Que nos maten a todos”, dijo alguno.  Otro propuso cerrar las entradas a la urbanización con los carros de los vecinos atravesados –barricada mayor-. “Sería nuestro aporte material a la protesta”. Nadie dijo que no, tampoco nadie aplaudió esa idea.

Uno de los guarimberos “oficiales”, veinteañero, con marcado acento andino, y, este si,  vestido adecuadamente para la ocasión -ropa un poco mas oscura que su piel, pañuelo al cuello, mochila y pasamontaña recogida en la cabeza- arengó al grupo de vecinos con instrucciones sobre la solidaridad necesaria.“Estoy en esto desde los primeros días y aquí me voy a quedar hasta que el gobierno caiga o me maten”, dijo desafiante. Los oyentes aplaudieron con furia.  Un comentario similar lo escuché días antes en boca de otro guarimbero, tan joven como el chamito de la lycra, y de un joven con cara de viajante amanecido y acento andino. Me pararon llegando a la estación del metro de Altamira para preguntarme dónde quedaba la plaza.

¿Dónde estará el chamito?, ¿qué le habrá pasado, ¿qué harán hoy los vecinos?

Entonces, un sonido de motos me hizo saltar de la cama. Era el mismo roncar de motores de la noche anterior cuando atraparon al chamito y a los otros.  Esas motos no suenan igual que las de los mototaxistas ni las de los hijitos de papá que practican motocross tarde en la noche por la urbanización.  Las militares tienen un sonido sordo, como de muerte lenta.

El estruendo no era una impresión. De nuevo, bajé mi ventana y en correcta formación desfilaban decenas de motos con sus faros tenebrosos y los stops titilando, seguidas por unas camionetas. Todas con Guardias Nacionales.  Así fue por un rato, intermitentemente.

Cuando el sol salió ese lunes 17 de marzo, la toma militar de Altamira y su vecino, el casco viejo de Chacao, estaba consumada.

Más de un mes tenía la zona con fuertes protestas vespertinas.  Los jóvenes llegaban con sus kits de guarimberos -pañuelo o pasamontañas, morral con agua, vinagre, antiácidos, trapos, algunos con botellas con gasolina o las molotov ya listas, torso desnudo, jeans-  antes del mediodía, a la plaza. Montaban las barricadas en esquinas claves, almorzaban sánduches y jugos que las vecinas le traían, y se aprestaban hasta la orden partida.

Entre ellos, esa tarde estuvo el chamito y muchos como él. Pero ese chamito, a pesar de lo valiente y aguerrido, era un novato en el arte de guarimbear.  Ni la vestimenta tenía. ¡Vaya manera de debutar!

¿Dónde estará el chamito?, ¿qué le habrá pasado, ¿ya sabrá su familia?

La meta de los guarimberos era llegar dos cuadras más debajo de la plaza y atravesarse en la autopista principal de la ciudad para que el caos urbano se hipertrofiara y con eso obligar al Presidente a renunciar.  La orden que cumplían la Guardia Nacional y la Policía Nacional, apostadas a la orilla de la autopista, era no dejarlos pasar.

A media tarde la batalla se encendía en Altamira. Avanzada la noche, se desplazaba al casco viejo de Chacao –la urbanización vecina, a unos quinientos metros de la plaza- y las escaramuzas con la guardia y policía seguían allí hasta la madrugada.   Arrechos* y valientes los muchachos y las muchachas, hay que decirlo con lenguaje de género porque cada día se incorporaban más muchachas. Desde sifrinitas* de la zona hasta venidas de zonas populares.  Dos de ellas levantaban una tarde las rejas de las alcantarillas en la calle, algunos vecinos salimos a tratar de disuadirlas por los inconvenientes, incluso por el peligro que significaba para nosotros. “Yo soy de barrio*, ustedes no tienen porqué decirme lo que tengo que hacer”, fue la respuesta de una de las jovencitas.

Pacientes y tolerantes los vecinos.  La gente del Chacao -uno de los municipios bastión de la oposición caraqueña al que pertenece también la plaza Altamira- en su inmensa mayoría apoya a los jóvenes guarimberos, a pesar de sufrir las consecuencias de las protestas. “Si no guarimbean los jóvenes, guaribeamos, nosotras”, decía una señora cincuentona en una asamblea de vecinos.

En las elecciones de alcaldes dos meses antes de que se levantaran estas barricadas por todo el municipio, Ramón Muchacho, el candidato a alcalde de la oposición, ganó con el 85 % de los votos.  La votación más alta obtenida por un alcalde de la oposición en el país.

Chacao, la joya de la ciudad, la zona donde la inmensa mayoría de caraqueños quisiera vivir por sus bajos índices de inseguridad, por lo acogedor, por el fácil acceso, pasó a ser durante este mes, intransitable por las tardes, tenebroso por las noches, asqueroso por las mañanas.

Los jóvenes que transitaban por estas calles, entre ellos el chamito de la lycra, eran en su mayoría guarimberos. La basura avivaba a las barricadas y ante la imposibilidad de la alcaldía de recogerla siempre estaba a la mano, agrupada en bolsas herméticas en las esquinas, o era ofrecida por los vecinos como su aporte diario a los guarimberos. Al amanecer, los automóviles en su paso la trituraban sobre el asfalto y las calles malolientes se hicieron riesgosa de infecciones y de caídas a los viandantes. Las rejas de las alcantarillas sirvieron para trancar tráfico y los huecos que dejaban se convirtieron en peligrosas trampas de automovilistas incautos.

El chamito no estaba sucio, estaba furioso, como otros muchos.  Se estrenaba en las protestas, en la defensa de lo que creen. La presencia de la policía y la guardia lo retaban pero las piedras y las bombas molotov no pueden contra agua, lacrimógenas ni perdigones y en algún momento hay que correr.

¿Dónde estará?, ¿qué le habrá pasado, ¿cuántos como él?

 

* Chamo, chamito: término usado en Venezuela para referirse a los jóvenes.

* Guarimba: expresión tomada de algunos juegos infantiles de persecución donde la guarimba es un espacio donde “el otro” no te puede agarrar.  En las protestas de Venezuela los guarimberos crean barricadas para impedir el paso de  la policía o la Guardia Nacional

*  Estar arrecho, en Venezuela, es tener mucha rabia, estar furioso.

*  Sifrinos: jóvenes de clase media, presumidas, amantes de la ropa de marca y de la moda.

*  Barrio, en Venezuela, es un asensamiento urbano precario donde se vive en condiciones de pobreza.

 

Fuente original: Barrios, Leoncio. “La tarde cuando cayó el rebelde” Crónica publicada originalmente en la Revista Marcapasos. revistamarcapasos.com

Foto: Marco Antonio Bello

http://revistamarcapasos.com/7401/la-tarde-cuando-cayo-el-rebelde/

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