Balas

Por: Hernán Carrera

Agencia Venezolana de Noticias AVN – Publicado el 24 de marzo de 2014

balas

La bala la vio venir o no la vio, ¿cómo saberlo? Venía como vienen todas las balas que son de plomo o son de cobre y no mera Matrix en celuloide: venía rauda. Uno, puesto a creer en creencias, puede suponer el infinitesimal instante en que el proyectil rota ante el ojo despavorido, en que cosquillea la piel y no penetra todavía. Uno, dejado de pendejadas, sabe que ese instante no ocurrió jamás. Que hubo la carne explosionada, el cráneo astillado, el cuello a borbotones, esa extraña flor bermeja en el pecho, el cuerpo tan repentinamente des-animado, la sangre tibia, roja, por un instante infinitesimal aún viva en el asfalto renegrido.

Se llamaba Adriana y llevaba dentro de sí un ser todavía sin nombre, sin mañana. Se llamaba Miguel y era sargento. Se llamaba José y tenía tres hijas. Ramso, y se había casado en diciembre. Gisela, la llamaban, y era artesana, y Alexis obrero y Antonio mototaxista. Se llamaba Giovanny, José, Acner, Gildis, Juan, John, Julio, Eduardo, Luis, José, Elvis, Doris, Deivis, Johann, Daniel, Danny, Wilmer, Jesús, Guillermo, Alejandro, Génesis, Ángel, Geraldine, Jimmy, Joan, Ángelo, Roberto, Bassil, Juan Montoya se llamaba.

Tenían nombre, madre, ojos, ansias, sueños. Y una bala. Una violencia en el camino.

¿Qué diferencia puede haber entre esa furia y la que se llevó a Mónica Spear, a Alexis Martínez, a Yoján de Jesús, a Perico de los Yusnavis, a todos los que caen porque, simplemente, alguien quiere apoderarse de algo que no le pertenece?

Uno va en el metro, en el autobús, camino a la oficina, a la fábrica, a la tienda, o de vuelta a casa, y no quiere pensar en eso. Uno quiere pensar en las satisfacciones que da o permite el trabajo, en la lechuga crujiente, en la arepa suave, en la almohada.

Uno está harto y sin embargo.

Porque la única forma de no pensar en Adriana y su hijo sin nombre, en Miguel, en José, en Geraldine, en el amigo entusiasta y la chica bellísima que todavía caminan sin bala que cosquillee o perfore, es detener el dedo del odio, del gatillo.

No importa qué oscura pasión lo mueva.

No hay nada más importante, hoy, que darle nombre a los asesinos.

Fuente original: Carrera, Hernán “Balas” Agencia Venezolana de Noticias AVN. 26 de marzo de 2014. 26 de marzo de 2014.

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Foto: AVN

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