Dejando caer la bomba F

Por Caryl Christian. Foreign Policy. Publicado el 14 de marzo de 2014.

Hoy en día pareciera que todo el mundo es fascista. Aquí presentamos una guía práctica para identificar el verdadero significado de esta cuestión.

Las palabras son armas, y cuando se le apunta a un enemigo político la palabra “fascista” es equivalente a apuntarle con un cañón Howitzer. Hoy en día después de los horrores de Auschwitz, acusar a alguien de “fascista” es probablemente la acusación más devastadora que se le puede hacer a una persona.

Sin embargo, no deja de ser extraño que, en tiempos recientes, esta palabra haya resurgido a gran escala en el vocabulario común. La ley de Godwin (la cual estipula que cada intercambio -de información- que ocurre en internet termina al final con alguien comparando a otra persona a Hitler) necesita claramente un pequeño ajuste. En estos días el mayor acelerador de este fenómeno es, por supuesto, la crisis en Ucrania. Vladimir Putin y los medios de comunicación controlados por el Estado adoran señalar a los revolucionarios en Kiev como “fascistas” (una terminología que por supuesto es fuertemente rechazada por los defensores de las protestas masivas que derrocaron al presidente Viktor Yanukovych). El presidente Venezolano Nicolás Maduro usa el término “fascista” al dirigirse a los manifestantes opositores que han salido a las calles pidiendo su salida del gobierno (como nota interesante la cantante Madonna respondió a Maduro llamándolo de la misma manera). Los turcos de izquierda que protestan en contra del gobierno del Primer Ministro Recep Tayyip Erdogan, también lamentan el “fascismo” del gobernante.

Por otro lado, vemos que en Asia comparar a distintos países con la Alemania Nazi se ha convertido en una especie de juego de salón. Los norcoreanos han tildado al Primer Ministro Japonés Shinzo Abe de ser un “Hitler Asiático”. Los chinos, por otro lado, se contentan con simplemente acusar al mandatario Abe de cometer el pecado de “veneración a Alemania occidental” por sus controversiales visitas a un monumento de la Segunda Guerra Mundial. (Por cierto, a propósito de la Segunda Guerra Mundial debo mencionar que Hilary Clinton no utilizó la palabra F dirigida a Putin incluso después de haber hecho la analogía entre la invasión de Crimea por el mandatario ruso y la toma de los Sudetes por parte de Hitler).

Cuando la gente comienza a utilizar estas palabras tan recargadas de significado con tanta ligereza, quizá llega el momento de hacer una revisión sobre la realidad. Aunque sabemos que el fascismo es un concepto maleable si consideramos la cantidad de progenitores que posee, podríamos decir, sin embargo, que hay una especie de consenso entre historiadores y politólogos que coinciden en su definición. Aquí les presento seis maneras de diferenciar a un “intolerante de jardín común” de un “fanático acérrimo de Mussolini”.

1.- Todo comienza con la quimera del concepto de pureza racial.

Históricamente, el fascismo nace de las incertidumbres del siglo XIX, en el que radicales de ultraderecha de distintos países de Europa comenzaron a verse a ellos mismos como parte de “naciones” orgánicas que confrontaban las amenazas existencialistas de las poderosas nuevas ideologías socialista y capitalista. Para esta gente, la pseudo-ciencia racial del siglo XIX y las oscuras teorías étnicas les confirmaban la idea de que minorías “inferiores” (judías y eslavas) planificaban atacarlos (o sublevarse internamente). El colapso de las monarquías reinantes y los sistemas de valores tradicionales venidos de la Primera Guerra Mundial dejaron un inmenso vacío espiritual que fue inmediatamente llenado por la ideología fascista.

¿y que podríamos decir del mundo hoy en día? Hay muchísima gente racista y xenofóbica deambulando por ahí, incluso algunos de ellos se describen a si mismos como ”neo-nazis”. Pero ser racista no los hace necesariamente fascistas (La foto de arriba muestra a un miembro del partido político griego Amanecer Dorado durante una manifestación el mes pasado).

2.- El Estado reina con supremacía (libertarios por favor abstenerse).

“Todo se encuentra dentro del Estado, nada hay fuera del estado, nada en contra del Estado.” Esta frase se le atribuye a Benito Mussolini, quien fue uno de los primeros en hablar a favor del “totalitarismo”. Los verdaderos fascistas son firmes creyentes de la idea de Estado porque lo ven como una manifestación lógica del ímpetu de una nación para afirmar y defender los derechos del colectivo. Por lo tanto, uniones de trabajadores, clubes sociales y la prensa deben estar todos subordinados al control del gobierno. Las nociones como “derechos humanos” no significan nada fuera de un cuadro que no esté dentro del marco de la “comunidad del pueblo”. Podríamos decir que los fascistas tienen muy poco en común, por ejemplo, con algunos supremacistas blancos norteamericanos quienes siempre han sido profundamente suspicaces ante cualquier forma de gobierno. Los fascistas y los anarquistas ocupan los polos opuestos del espectro.

Hoy en día ni siquiera hombres como Putin o Maduro creen en el Estado que lo controla todo. Los autócratas más modernos prefieren afirmar su control de manera estratégica y menos perfeccionista.

3.- Un solo hombre da las órdenes.

Fue la idea del fascismo la que impuso la noción del gran líder carismático (el Duce o el Führer) quien personalmente engendra los anhelos de la nación. (El comunismo también tuvo sus grandes líderes y “jardineros de la felicidad humana”, pero incluso estos súper-hombres tenían que seguir teóricamente las ideologías de algún filósofo judeoalemán en particular). Muchos de los autócratas que surgieron después de 1945 (como fue el caso de Juan Perón en Argentina) aprendieron de estos modelos pero en general no llegaron a obtener el mismo grado de poder absoluto.

Es conveniente hacer notar que ni las protestas en Ucrania ni las protestas en Venezuela surgieron con el propósito de instaurar a líderes en particular. De hecho, generalmente, lo que demandan es democracia – lo opuesto a una autocracia ilimitada.

4.- Los fascistas colocan a los militares por encima de todo lo demás.

Los fascistas celebran las masas – pero solo cuando éstas se encuentran herméticamente organizadas alrededor de las necesidades del Estado. En este sentido, el militarismo ofrece la perfecta imagen de cómo los fascistas ven el mundo (razón por la cual la palabra “unidad” y “uniforme” comparten la misma raíz etimológica). Los visitantes a la Alemania Nazi comentaban con frecuencia la exuberancia de los uniformes: para los no iniciados era muy difícil distinguir a los conductores de autobús y trabajadores públicos de los miembros reales de las fuerzas armadas. Una agresiva y expansionista política exterior siempre ha sido la marca de muchos regímenes fascistas (Los gobiernos de Franco en España y Salazar en Portugal son ejemplos clásicos de regímenes fascistas que, contrarios a la norma, prefirieron conservar un bajo perfil).

Siempre existe la tentación, especialmente entre izquierdistas, de igualar todos los regímenes militares (como los de Suharto o Pinochet) con regímenes fascistas. Pero en realidad, y estrictamente hablando, eso confunde más la cuestión en vez de esclarecerla. Simplemente solo por el hecho de que un autócrata decida vestirse con una indumentaria de fantasía ruritaria (como el uniforme de Charlie Chaplin en su película “El gran dictador”) no significa necesariamente que crea en teorías de supremacía racial y quiera subordinar a la sociedad entera a su voluntad absoluta.

5.- Los fascistas se burlan de la racionalidad.

Las raíces del fascismo clásico datan del periodo Romántico – esta herencia se vuelve evidente en cómo el fascismo pone énfasis en las emociones, el voluntarismo y la unidad orgánica, y cuando rechaza a la vez los valores emanados del Siglo de las Luces sobre el individualismo y el pensamiento crítico. Esto, por ejemplo, se puede apreciar a finales del siglo XIX con los poetas “decadentes” como Gabrielle D’Annunzio, los cuales celebraban la muerte, la violencia, y la destrucción entusiasta de los “valores burgueses” (y brevemente consiguió establecer lo que tal vez califica como el primer régimen fascista real in Fiume, en 1919). Los fascistas siempre ven inherentemente amenazada a la “nación”, y sus propias tomas de poder son representadas como un renacimiento nacionalista encargadas de barrer la decadencia y debilidad de periodos anteriores.

Este tipo de pensamiento parece haber pasado de moda en el siglo XXI, pues es más bien un período en la historia humana que pareciera estar más preocupado con “auto-retratos con teléfonos celulares” y la acumulación de fortuna más que por el azuzamiento de las masas. Por esta misma razón, este video del 2004 que muestra al nacionalista Ucraniano Oleg Tyahnybok despotricando contra los “judíos y moscovitas” parece más bien remontarse a los tiempos del pasado.

6.- A los partidos fascistas les gusta verse a sí mismos como “la tercera opción”.

Los dos líderes, Hitler y Mussolini, vieron sus versiones de “socialismo nacionalista” como las únicas alternativas válidas a cualquier otra ideología política. Rechazaron violentamente el socialismo y el “capitalismo burgués” y simultáneamente se apoderaron de las mejores características de ambos sistemas. Por ejemplo, absorbieron las ideas marxistas de revolución y todo lo relacionado con la restructuración social mientras que se deshicieron de los elementos divisionistas de la lucha de clases. Asimismo, conservaron aspectos competitivos del capitalismo (los cuales, para ellos, aseguraban “la supervivencia del más fuerte”) mientras mantenían el control de sectores estratégicos de la economía. También es cierto que muchos fascistas intentaron incorporar a la Iglesia Católica en sus sistemas ideológicos, sin embargo Hitler, por otro lado, soñaba con dejar que las masas algún día colgaran al Papa por los talones en la Plaza San Pedro en el Vaticano.

En pocas palabras, el fascismo denota un particular movimiento de masas totalitario del siglo XX que no tiene equivalentes reales hoy en día. El siglo XXI está repleto de racistas, xenófobos y nacionalistas autoritarios – y por mucho que estos sistemas ideológicos tengan aspectos similares con el fascismo, en realidad no son sinónimo del mismo. Los dictadores de nuestro siglo no usan uniformes, ni declaman teorías raciales oscuras, ni tampoco presiden desfiles nocturnos alumbrados a la luz de antorchas. Hoy en día, en un mundo dominado por las relaciones publicas, los autócratas saben que es mejor utilizar lenguajes de competitividad electoral y derechos humanos (incluso cuando las cosas que hacen denotan todo lo contrario).

Veamos entonces, ¿los miembros del partido de liberación de Ucrania o los manifestantes en Venezuela se pueden calificar como fascistas? Lo más probable es que no. Los primeros pueden ser calificados como ultra-derechistas. El partido de liberación de Ucrania pertenece a una red Europea de organizaciones de ultraderecha que incluye entre otros al Frente Nacional de Francia. Por supuesto que esto no los hace fascistas, pero produce preocupación — (especialmente ahora que el partido de liberación de Ucrania posee cuatro puestos en el gobierno interino)—y no existe razón alguna por la que no se puedan analizar y discutir tales problemáticas políticas sin ser acusados de estar jugando al juego de los propagandistas de Moscú (si Ucrania aspira verdaderamente a ser parte de la familia política Europea deberíamos, de hecho, sentirnos obligados a criticar tales posiciones de la misma manera que lo deberíamos hacer acerca de cualquier otro partido de ultraderecha. En el 2012, mucho antes de la actual crisis en Ucrania, el Parlamento Europeo denunció al partido de Liberación de Ucrania como “racista, antisemita y xenofóbico”).

Con respecto a los manifestantes en Venezuela, es suficiente decir que el partido del líder opositor Leopoldo López no es ni siquiera muy conservador (de hecho, se define a sí mismo como centrista). Pero eso no detiene al gobierno en Caracas – o en ese sentido al de Moscú—que utiliza el término fascistas en contra de quienes protestan. Por cierto, Rusia está llena de grupos xenofóbicos que incluyen también a antisemitas, los cuales nunca han sido señalados por sus ideas a través de los medios de comunicación del Estado.

Sin embargo hay, por lo menos, un régimen al que se le puede calificar de fascista (aunque raras veces se le describe de esa manera). Este régimen permanece completamente totalitario en su visión ideológica, incluso cuando dice adherirse a una ideología comunista, y abiertamente declama sobre la superioridad racial de su propio pueblo mientras, al mismo tiempo, se complace a sí mismo en el culto al “Fürher” como ningún otro gobierno lo hace hoy en día en el mundo. Si hay algún gobierno que tiene el aura del fascismo es el de los norcoreamos. Comparados con ellos todos los demás son diletantes.

Fuente original: Caryl, Christian. “Dropping the political F-Bomb”. Foreign Policy  – 14 de marzo de 2014

http://www.foreignpolicy.com/articles/2014/03/14/dropping_the_political_f_bomb

Traducido por #infoVnzla

Foto: Louisa Gouliamaki/AFP/Getty images

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